
Tengo vivos los recuerdos universitarios en los que la izquierda se odiaba a sí misma más que al supuesto enemigo común. Los mamertos de la Juco (juventudes comunistas) no soportaban a los maoístas de la Jupa (juventudes patrióticas del Moir) y juntos a su vez despotricaban de los trotskistas del Bloque. Funcionaban como iglesias enfrentadas y algo de organización modelo Opus Dei las asemejaba. De todas maneras, era imposible tener un proyecto común. Las figuras destacadas de los diversos grupos tenían asimismo algo en común: eran narcisos, ególatras, solipsistas y ensimismados (perdóneseme la redundancia, pero eran redundantes en ello) cuyo interés primordial -por encima de la lucha de clases- era tener dominio sobre las hembras de la tribu. Los diferentes grupos funcionaban como iglesias enfrentadas a la manera de testigos de Jehová o de numerarios discípulos del hoy San José María Escrivá.
Para muchos de quienes estábamos de acuerdo con la urgencia y necesidad de los cambios en términos de justicia social, reforma agraria, etc., era muy difícil encontrar un lugar en cualquiera de estos grupos que vivían ladrándose entre sí. Los defensores del proletariado no soportaban a quienes veían en el campesinado la punta de lanza de la revolución. Moscú y Pekín se daban en la jeta en las universidades bogotanas. Entre tanto, la derecha, como siempre, estaba unida y aprovechaba la atomización de la oposición en su beneficio. Algunos universitarios de entonces se fueron al monte tras las huellas de Bateman, cansados de las bizantinas e improductivas discusiones de entonces. Otros nos quedamos por ahí sin mayor alternativa. Valga recordar la revista ‘Alternativa’, que siguiendo el modelo de la izquierda universal también se dividió de manera irreconciliable. Una salía bajo el lema de “atreverse a pensar es empezar a luchar y el de la otra rezaba “atreverse a luchar es empezar a pensar”. Yo me quedé con la primera.
En fin, ya vendrían épocas más oscuras, estatutos de seguridad, caballerizas del Cantón Norte, y esa izquierda caníbal y atomizada no podía aglutinarse y fue despachada a pastorejo limpio. La creación del Polo y luego la del PDA (Polo Democrático Alternativo) nos hizo creer a muchos que la izquierda había logrado su mayoría de edad, su plena madurez, lejos de la combinación de formas de lucha y enfocada en el proyecto central de la izquierda universal. Sin embargo, los hechos recientes nos regresan a épocas pasadas y evidentemente nunca superadas. Salen los centristas (¿Lucho, Petro, Navarro?) y se quedan arriba los tres ególatras del ala radical. Ni modo, seguimos en lo mismo, el eterno retorno.
Tomado de El Tiempo