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"No hay verdades absolutas; todas las verdades son medias verdades. El mal surge de quererlas tratar como verdades absolutas" – Alfred North Whitehead

¿Ángel o arpía? (By. Matador – Ma. Isabel Rueda)

Posted by pocho On Marzo - 1 - 2009

¿Ángel o arpía?

¿Ángel o arpía?

Aunque la capacidad de los gringos de percibir y analizar su entorno los devela como tres personas inteligentes, también es evidente que no eran una excepción a la ignorancia mineral que caracteriza al gringo del montón. Mientras los secuestrados colombianos salen hablando de Platón, de poetas y del pensamiento de Bolívar, las referencias intelectuales de los gringos son películas: Rambo, Matrix, Romance of Stone, La isla de Gilligan, El planeta de los simios, ET, Las aventuras de Jackie Chan. 

El libro de los gringos

Con la complicidad de este periódico, logramos que prácticamente el primer libro que se vendió de Out of Captivity, la versión de los tres contratistas norteamericanos sobre su cautiverio, cayera físicamente en mis manos. En maratónica jornada de lectura, devoré sus 457 páginas. Y confieso que con gran interés periodístico, porque el libro es buenísimo.

Pero, envenenada por las primeras versiones que los medios obtuvieron por Internet, aceleré su lectura, confieso que ya por una curiosidad amarillista. ¿Por qué los gringos odiaron a Íngrid Betancourt?

Sobre ella dicen cosas muy duras, hasta la última página. Principalmente Keith Stansell, quien la detestó desde el primer momento, pero incluso Marc Gonsalves, quien trató de defenderla durante buena parte del libro, hasta el final, en el que se confiesa profundamente desilusionado.

Es cierto que los gringos también fueron objeto de su carácter nada débil ni sumiso. Pero en el libro recrean su obsesiva animadversión contra ella casi como una justificación para escribirlo y sacarse un clavo. Así lo advierte Stansell en sus últimas páginas, cuando, ya en libertad, cierra los ojos y dice sobre Íngrid: “¿Perdonarla? Sí. ¿Seguir adelante? Sí. ¿Respetarla? No”. Nunca.

El libro, por cierto, resuelve el enigma del paradero de la joven danesa Tanja Nijmeijer, que reaparece como traductora en un campamento al que fueron conducidos bañados, vestidos, perfumados y recién alimentados para que los entrevistara el periodista colombiano Jorge Enrique Botero.

Aprovecho para decirle públicamente a Botero que no puede seguir entrevistando a los secuestrados de las Farc, manipulando sus emociones de tristeza y alegría para producir un material periodístico comerciable. Personalmente me declaro en huelga. No volveré a leer ninguno de sus libros ni a mirar ningún video hecho por él sobre rehenes de las Farc que son obligados a producir pruebas de supervivencia bajo las condiciones exigidas por sus captores, con la complicidad del periodista.

Hasta ahora, las relaciones sentimentales de Íngrid y Luis Eladio Pérez, y las de Jorge Gechem y Gloria Polanco, que eran vox pópuli en Colombia, habían sido manejadas con discreción por los medios. El libro de los gringos irrumpe para arrancar brutalmente estas relaciones del respetuoso secreto en las que habían debido permanecer.

Especialmente he pensado en Ángela de Pérez. No la conozco, pero le manifiesto desde aquí una profunda admiración por su comprensión de este capítulo del secuestro de su esposo. Pero, como nadie está preparado para que le ‘refrieguen’, ahora públicamente, algo tan doloroso, va este mensaje de aliento: Ángela: la vida real de Luis Eladio es esta. No la que vivió secuestrado en la selva.

Aunque la capacidad de los gringos de percibir y analizar su entorno los devela como tres personas inteligentes, también es evidente que no eran una excepción a la ignorancia mineral que caracteriza al gringo del montón. Mientras los secuestrados colombianos salen hablando de Platón, de poetas y del pensamiento de Bolívar, las referencias intelectuales de los gringos son películas: Rambo, Matrix, Romance of Stone, La isla de Gilligan, El planeta de los simios, ET, Las aventuras de Jackie Chan. Para ellos, la pesadilla que vivieron se enmarca en un gran Halloween (palabra que en el libro aparece mencionada por lo menos cuatro veces).

Es la primera explicación de que no hubiera química con Íngrid, cuyos intereses intelectuales van mucho más allá de una conversación sobre motores de aviones, en lo que eran expertos los gringos.

Concretamente, Stansell se queja de episodios en los que, con cabeza fría, podríamos entender las motivaciones de Íngrid. Relata que cuando llegaron al ‘Campamento Caribe’, donde los reunieron con los políticos, ella les pidió a las Farc que “los pusieran en otro lado”, porque allí no cabían. Consulté con algunos de sus compañeros de cautiverio y me confirmaron que la estrechez del cambuche justificaba la protesta por la presencia de tres nuevos inquilinos.

La afirmación de que Íngrid alertó a las Farc sobre la posibilidad de que los gringos fueran de la CIA y que tuvieran chips de rastreo en sus cuerpos tampoco me escandaliza, pero no existe prueba de que la hubiera hecho.

También me parece absolutamente comprensible que Íngrid, que ocupaba el 95 por ciento de las noticias sobre secuestrados y concentraba la atención mundial, ejerciera ciertas jerarquías en el campamento donde estaba secuestrada. La acusan de practicar un increíble sentido del privilegio solo porque cuidaba su territorio y no pensaba entregar sus conquistas materiales, ni los limitados espacios para ejercer su intimidad, a unos “gringos de la CIA” recién llegados a echar codo para sobrevivir, como todos, de la mejor manera posible.

Qué cosa tan triste. El fastidio de Íngrid hacia los gringos consistía en que habían llegado a invadir su campo de concentración. Pero aquellos nunca le perdonaron que, cuando los trasladaron del barro y la desolación de su primer campamento a esta especie de spa donde estaban ella y los demás, Íngrid se portó como una arpía que quiso impedirles el acceso.

A Luis Eladio lo despreciaban en un comienzo (después terminaron siendo íntimos, hasta el punto de que fue él quien armó el matrimonio de Stansell con Patricia, la azafata colombiana con la que, estando aún en cautiverio, tuvo un par de gemelos) por considerarlo el paje de la soberbia de Íngrid. Incluso relatan con asombro que al tercer día de llegados, Pérez los insultó con una frase muy dura: “¡Aquí no hay ninguna puta!”.

La frase era más que entendible. Alias ‘Sombra’, el guardián de los gringos, había envenenado al grupo de los políticos al crear la insidia necesaria para dividirlos, advirtiéndoles que los gringos que llegaban solo pensaban en sexo con las colombianas y que venían con infecciones venéreas, porque antes del secuestro se la pasaban en los prostíbulos de Villavicencio. A Luis Eladio y a los demás hombres del campamento les disgustaba, con razón, que los gringos deambularan sin calzoncillos, con sus “colgajos” a la vista de Íngrid, Gloria, Clara y Consuelo. Hasta en la indignidad del secuestro hay que mantener las formas.

Keith encontró en Íngrid la razón de que él no pudiera ejercer su liderazgo en el campamento, a pesar de que contaba con varias ventajas propias para ello: era muy buen mozo, alto, atlético, valiente, con ascendiente sobre sus dos compañeros, norteamericanos, con una gran voluntad para resolver desventajas como la del idioma. Aprendió a hablar español por sus propios méritos. Pero Íngrid siempre se le atravesaba a su liderazgo, con su dominio de tres idiomas, su cultura política, su cuna privilegiada, su conocimiento de los países y las posibilidades de ser Presidente de Colombia, de las que estaban convencidos sus compañeros. Cuando encendían el radio casi siempre estaban hablando de ella. Nadaba a la perfección, hacía cinco horas diarias de gimnasia y se les envalentonaba a las Farc con una desfachatez inverosímil, que Keith, típico gringo machote, envidiaba en su fuero interno. Ah. Y en el campamento casi todos estaban enamorados de ella.

Hasta su compatriota Marc Gonsalves. Por cuenta de ello, se les iba saliendo del trío inseparable que conformaban los tres. Gonsalves, quien en un momento se sintió conmovido por el aislamiento al que tenían sometida a Íngrid sus captores, que durante meses no le permitieron hablar absolutamente con nadie, decidió acercarse a ella aprovechando cierta tolerancia que hacia el final de su cautiverio las Farc manifestaban hacia los gringos. Lo motivó que ambos compartían la intensa actividad de sus respectivas madres a favor de su liberación.

El romance con Íngrid es relatado por Gonsalves casi con discreción. Creyó que era sincero. Pero, al final, cuando vuelven a reunirlos en la antesala de la ‘Operación Jaque’, Íngrid había construido una nueva relación sentimental con uno de los militares secuestrados, a quien los gringos despreciaban, especialmente por considerar que trabajaba para las Farc y que por ello contaba con ciertos privilegios, que ahora Íngrid aprovechaba en beneficio propio.

La peor referencia de los gringos sobre Íngrid es la de que, utilizando las palancas que su nuevo amor tenía con la guerrilla, hizo que los requisaran para recuperar a la fuerza las cartas de amor que le había escrito a Gonsalves, en la creencia de que en el futuro podrían dañar su imagen.

Al final, la reflexión del gringo es que, en lugar de depender de sus fortalezas para sobrevivir, que las tenía de sobra, Íngrid terminaba liada con un nuevo hombre en cada campamento para encontrar protección como mujer. Es entendible. Hasta el teniente Malagón intentó irrespetarla en varias oportunidades.

Mi conclusión es que ninguno de los hechos relatados justifica que, ya en libertad, los gringos se hubieran dedicado a reconstruir las desventuras de su secuestro, recopilándolas en un libro que inevitablemente termina siendo contra Íngrid.

María Isabel Rueda

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