Casi siempre se ha pensado que las pandillas son un asunto de pobres. Pero creo que las pandillas más bravas han nacido en barrios de clase media…Es allí donde los adolescentes corren más peligro, sencillamente porque tienen de todo, no tienen hambre, padecen de spleen, están desocupados y nadie les da opciones para gastar toda esa energía; porque sus padres trabajan todo el día y no tienen tiempo para ellos; y porque todos sabemos que un adolescente no le teme a nada, y que no hay nada más frágil que un adolescente.

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Del Norte y la periferia (By. Cristian Valencia)

A Andrés le cayeron doce muchachos encima y lo encendieron a golpes y a puñal. Eso fue hace años y fue en el barrio Cedritos de Bogotá. Una pandilla decidió que Andrés se las debía y pasó lo que pasó. Cuando estaban en esas uno de los agresores gritó que ese no era.
-Que yo no soy, parce, hágale caso a este man, gritó Andrés.
Cuando se fueron ya era tarde: una de las puñaladas le atravesó la femoral y Andrés quedó con una discapacidad de por vida: perdió capacidad para hablar, movilidad de su brazo derecho, y de su pierna izquierda también. A sus 19.
Hace poco menos de dos años William fue condenado a una silla de ruedas de por vida, debido a la cantidad de patadas que recibió en la espalda. Cinco de la tarde de un martes cerca de un parque del barrio Suba, en Bogotá. Cuando vio que en el parque había un trancón de pandilleros dio marcha atrás, pero era tarde. Se le fueron encima porque sí, quizá porque no quiso pasar por ahí, o porque corrió en sentido contrario. Y estando encima le molieron la espalda a patadas. Tenía 17 cuando pasó.
A Clarita la violó una pandilla en la localidad de Usaquén, en Bogotá. La amenazaron con cuchillos y le dijeron que si no ponía de su parte, acuchillarían a su hermanito. Sabían dónde vivía. Le advirtieron que no podía contarle a nadie. Y ella siguió al pie de la letra las instrucciones, sólo que quedó embarazada. Sus padres la echaron de la casa porque no quiso revelar el nombre del padre. Se fue, conoció a un alcahuete, vivió de su cuerpo hasta que se le notó el embarazo. Hoy en día tiene 17, una hija de dos, y sigue trabajando en el burdel. Se llama Yoana.
La semana pasada, a eso de las diez de la noche, en el conjunto residencial Icatá uno, en el norte de Bogotá, una pandilla atacó a un par de muchachos. Al primero le dieron un ladrillazo en la cabeza y pata. Mucha pata. Al segundo casi le sacan un ojo con una pistola de balines, impulsados por gas comprimido. El bandolero, pandillero o sicario (como se llame) le apuntó a la cara, a menos de treinta centímetros -si hubiera tenido un revólver se lo hubiera descargado-. Uno de los balines atravesó el párpado, se instaló a menos de un milímetro del cerebro y le destrozó el ojo. No lo perdió, gracias a Dios, pero tendrá que someterse a un par de cirugías delicadas. Un informe de balística dice que una pistola de esas puede matar a una persona si se acciona a una distancia inferior a metro y medio; y revienta una botella de gaseosa a diez metros de distancia. Y esas pistolas las venden en casi todos los almacenes de deporte. No hay restricción. Ni necesita salvoconducto.
Casi siempre se ha pensado que las pandillas son un asunto de pobres. Y por ello es que la mayoría de programas de la administración distrital van dirigidos a jóvenes de zonas deprimidas, sobre todo del sur de la ciudad. Pero creo que las pandillas más bravas han nacido en barrios de clase media, ubicados en la periferia, lejos de todo el aparato cultural que ofrece el Distrito. Es allí donde los adolescentes corren más peligro, sencillamente porque tienen de todo, no tienen hambre, padecen de spleen, están desocupados y nadie les da opciones para gastar toda esa energía; porque sus padres trabajan todo el día y no tienen tiempo para ellos; y porque todos sabemos que un adolescente no le teme a nada, y que no hay nada más frágil que un adolescente. En fin.
Se estima que en Bogotá hay, aproximadamente, veinte mil pandilleros, distribuidos en casi 1.400 pandillas. Y es probable que más del 65 por ciento de esa cifra esté en esos barrios del norte y la periferia, en donde vive la gente tan acomodada.
Es indispensable que el Distrito despliegue su mecenazgo sobre estos barrios. Para evitar que en el futuro nos enfrentemos a una horda de adultos desadaptados, de esos que matan por ver caer.
Tomado de El Tiempo (16/02/2009)
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