“…La defensa irracional de miles de colombianos al negocio de las pirámides o a modalidades más sofisticadas de captación ilegal de dinero es la consagración de un nuevo héroe: aquel que promete ser justo y generoso con nuestras inversiones y comprensivo con nuestra pobreza.
DMG no se presentó ante las cámaras para enviar un mensaje amable al Presidente de la República o al sistema financiero. Grabó un video para desafiarlos.”
El bandido redentor fue el primer héroe popular que adquirió fama por defender a los pobres de las injusticias cometidas por los ricos o la autoridad. El justiciero que había detrás de esta figura fascinante creía que no era necesario que el rico robase directamente al pobre o lo estafase sometiéndolo a salarios de miseria. Por su condición misma, el rico ya era blanco del bandido redentor.
Robin Hood y El Zorro pertenecen a esa estirpe. En la España del siglo XIX, la fama del bandolero dio origen a figuras muy atractivas del folletín y la opereta: Diego Corrientes, José María El Tempranillo. Sobre todo en Andalucía, una sociedad agraria de señoritos latifundistas, y, por lo mismo, de pobres sometidos a toda clase de injusticia.
La aparición del narcotráfico revivió en Colombia la importancia de “zorros” y “robinjudes”, pero desvirtuó la leyenda del justiciero. A medida que acumulaban inmensas fortunas en las nacientes organizaciones criminales, encontraban apoyo incondicional entre los beneficiarios de la generosidad. Es decir, entre los pobres.
Se trataba de una deformación interesada del arquetipo romántico.
El mafioso buscaba la justificación social y moral de sus actividades criminales. Pero ayudar a los pobres no era un fin en sí mismo. Era uno de los tantos medios al alcance para ganar incondicionales entre los pobres que lo abastecían de mano de obra desesperada y temeraria. El mafioso tenía dos ventajas: una, que había sido pobre; y dos, que entre los pobres no existían principios morales que se opusieran al enriquecimiento rápido por medio del narcotráfico.
No los había tampoco en otras esferas: en la política o los negocios legales, por ejemplo. Cuando un futuro ministro se hace pasar por empleado de una empresa estatal para embolsillarse miles de millones no actúa de manera distinta: es la misma turbia ejemplaridad del acto delictivo.
El mafioso adquirió la aureola de un héroe. No sólo burlaba a las autoridades; las asesinaba o corrompía. Los pobres beneficiados por el narcotráfico (o al servicio de este) parecían haber encontrado un atajo irracional para la “lucha de clases”.
Carlos Lehder creía que se dedicaba al trabajo “revolucionario” de envenenar con “perico” a los gringos imperialistas. Con la misma lógica, no faltará quien diga que pagar intereses del 150 por ciento sobre el capital aportado es la mejor manera de enfrentarse al avariento sistema financiero. El problema no es que se diga. El problema es que haya miles de colombianos que lo crean.
Cada época modifica los símbolos de la anterior y los acomoda a sus necesidades. La defensa irracional de miles de colombianos al negocio de las pirámides o a modalidades más sofisticadas de captación ilegal de dinero es la consagración de un nuevo héroe: aquel que promete ser justo y generoso con nuestras inversiones y comprensivo con nuestra pobreza.
DMG no se presentó ante las cámaras para enviar un mensaje amable al Presidente de la República o al sistema financiero. Grabó un video para desafiarlos. El joven defendido como héroe de las finanzas alternativas pretendía sublevar la conciencia de sus “200 mil” beneficiarios. “Sé que pueden matarme, creyendo que eliminándome como líder podrán acabar con esta familia que se ha convertido ya en una revolución económica (…)” había dicho en el más heroico de los tonos.
La rectificación del sujeto, posterior a su desafío, fue una caída patética en el ridículo. A lo mejor, oyó el consejo de sus abogados, mejor dicho, de sus consiglieri. Lo cierto es que, en menos de 24 horas, la honda del joven David se convirtió en un bumerán.
Tomado de El Tiempo (Noviembre 20 de 2008)
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