Por: Julián López de Mesa Samudio
Fuente: El Espectador – Bogotá, Colombia

En medio de tanto ruido es difícil escuchar sonidos. Sin embargo, en los últimos días un sonido importante del pasado ha ido elevándose y considero que volverá a escucharse con mayor claridad. Me refiero al debate sobre la educación superior en Colombia.
El año pasado, dicho debate se generó por un controversial proyecto de reforma defendido a ultranza e incluso con la habitual beligerancia, intransigencia y estrechez de miras de quien está acostumbrado a salirse con la suya. La polémica reavivó al aletargado movimiento estudiantil y éste logró que no sólo se bloqueara el proyecto de reforma, sino que se volviese a discutir la reforma con un mayor número de actores. Luego de las marchas del año pasado y de la victoria estudiantil, el sonido pareció extinguirse dándole paso de nuevo al ruido. Hoy se reanima el debate y, paradójicamente, los actores vuelven a ser los mismos.
Considero que este debate está mal encaminado. La reforma a la educación es una necesidad imperiosa; esto no está en discusión. Pero quizás es urgente una reforma a la educación básica y media antes de pensar en una reforma a la educación superior. Este columnista, quien también es profesor, considera que el principal problema de la educación colombiana se encuentra en la educación estandarizada y cada vez más deficiente de los colegios: en la historia de constante imitación tardía de modelos educativos, en las políticas gubernamentales para la educación que se imparte durante la primera década y media de escolaridad, y en los burócratas mal preparados, aunque eso sí, bien puestos, que tienen a su cargo tan importante tarea.
Considero que es grave que un porcentaje altísimo de estudiantes que entran a las universidades no tenga habilidades comunicativas, ni orales ni escritas. Es dramático que jóvenes con capacidades y entusiasmo para afrontar la primera etapa de su vida adulta tengan que recibir, durante los primeros semestres, refuerzos y, en algunos casos aún más lamentables, las bases para comunicarse adecuadamente. Poco a poco los pregrados universitarios se van convirtiendo en extensiones del bachillerato.
A tal punto llega la confusión que muchas universidades han dado por vincular más y más a los padres de familia a la vida universitaria, limitando aún más a los estudiantes y postergando la asunción de responsabilidad que trae consigo la adultez. He de decir que esto también se debe a que muchas universidades se han contaminado por los códigos y principios de la administración de empresas y ahora ven a sus estudiantes como clientes —y al cliente, hay que decirlo, siempre hay que tenerlo satisfecho—.
La semana pasada, la ministra de Educación, siempre tan bien intencionada y tan heroicamente ajena a la realidad, consideraba declarar el estado de emergencia escolar. ¿El problema? El matoneo. Ha de ser muy grave el asunto (quizás apenas ahora hay matoneo y quizás para la ministra sea el problema más grave que afrontan los colegios). Quizás la señora Campo esté sinceramente preocupada, pero si supiera lo que les espera en la universidad a los jóvenes a quienes ella intenta sobreproteger, es posible que la angustia le alcance a robar un par de minutos de sueño. Porque lo mencionado arriba es tan sólo la punta del iceberg.

